Sobre el terrorismo y el sistema de rehenes
Las líneas siguientes son de Trotsky
Si por el terrorismo se entiende cualquier cosa que atemorice o dañe al enemigo, entonces la lucha de clases no es sino terrorismo. Y lo único que resta considerar es si los políticos burgueses tienen derecho a proclamar su indignación moral acerca del terrorismo proletario, cuando todo su aparato estatal, con sus leyes, policía y ejército no es sino un instrumento del terror capitalista.
(Es clave entender la diferencia el terrorismo individual del terror aplicado para debilitar, atemorizar o incidir en contra del enemigo en una guerra). Trotsky aclara lo nefasto del terrorismo individual: El desorden que produce el atentado terrorista en las filas de la clase obrera es mucho más profundo. Si para alcanzar los objetivos basta armarse con una pistola, ¿para qué sirve esforzarse en la lucha de clases? Si una medida de pólvora y un trocito de plomo bastan para perforar la cabeza del enemigo, ¿qué necesidad hay de organizar a la clase? Si tiene sentido aterrorizar a los altos funcionarios con el rugido de las explosiones, ¿qué necesidad hay de un partido? ¿Para qué hacer mítines, agitación de masas y elecciones si es tan fácil apuntar al banco ministerial desde la galería del parlamento?
Para nosotros el terror individual es inadmisible precisamente porque empequeñece el papel de las masas en su propia conciencia, las hace aceptar su impotencia y vuelve sus ojos y esperanzas hacia el gran vengador y libertador que algún día vendrá a cumplir su misión.
Nos oponemos a los atentados terroristas porque la venganza individual no nos satisface. La cuenta que nos debe saldar el sistema capitalista es demasiado elevada como para presentársela a un funcionario llamado ministro. Aprender a considerar los crímenes contra la humanidad, todas las humillaciones a que se ven sometidos el cuerpo y el espíritu humanos, como excrecencias y expresiones del sistema social imperante, para empeñar todas nuestras energías en una lucha colectiva contra este sistema: ése es el cauce en el que el ardiente deseo de venganza puede encontrar su mayor satisfacción moral.
El evolucionismo burgués se detiene impotente en el umbral de la sociedad histórica, pues no quiere reconocer el principal resorte de la evolución de las formas sociales: la lucha de clases. La moral sólo es una de las funciones ideológicas de esa lucha. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines. Tal es la función principal de la moral oficial. Persigue “la mayor felicidad posible”, no para la mayoría, sino para una exigua minoría, por lo demás, sin cesar decreciente. Un régimen semejante no podría mantenerse ni una semana por la sola coacción. Tiene necesidad del cemento de la moral. La elaboración de ese cemento constituye la profesión de teóricos y moralistas pequeñoburgueses. Que manipulen todos los colores del arco iris; a pesar de ello siguen siendo, en resumidas cuentas, los apóstoles de la esclavitud y de la sumisión.
En una circular del Consejo General de la Internacional, en líneas por debajo de las cuales creería uno escuchar lava que hierve, Marx recuerda primero que la burguesía usó el sistema de rehenes en su lucha contra los pueblos de las colonias y contra su propio pueblo, para referirse en seguida a las ejecuciones sistemáticas de los comuneros prisioneros por los encarnizados reaccionarios. Y continúa: “Para defender a sus combatientes prisioneros, la Comuna no tenía más recurso que la toma de rehenes, acostumbrada entre los prusianos. La vida de los rehenes se perdió y volvió a perderse por el hecho de que los versalleses continuaban fusilando a sus prisioneros. ¿Habría sido posible salvar a los rehenes, después de la horrible carnicería con que marcaron su entrada a París los pretorianos de MacMahon? ¿El último contrapeso al salvajismo implacable de los gobiernos burgueses —la toma de rehenes— habría de reducirse a una burla?” Así escribía Marx sobre la ejecución de rehenes, la revolución española restableció también el sistema de rehenes, por lo menos, durante el período en que fue una verdadera revolución de masas. Lenin rehusaba reconocer las reglas de moral establecidas por los esclavistas para los esclavos, y nunca observadas por los esclavistas mismos; significa que Lenin incitaba al proletariado a extender la lucha de clases inclusive al dominio de la moral. ¡Quien se incline ante las reglas establecidas por el enemigo no vencerá jamás!
La “amoralidad” de Lenin, es decir, su rechazo a admitir una moral por encima de las clases, no le impidió conservarse durante toda su vida fiel al mismo ideal; darse enteramente a la causa de los oprimidos; dar pruebas de la mayor honradez en la esfera de las ideas y de la mayor intrepidez en la esfera de la acción; no tener la menor suficiencia para con el “sencillo” obrero, con la mujer indefensa y con el niño. ¿No parece que la “amoralidad” no todos los medios son permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios, resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los “jefes”. Por encima de todo, irreductiblemente, la moral revolucionaria condena el servilismo para con la burguesía y la altanería para con los trabajadores, es decir, uno de los rasgos más hondos de la mentalidad de los pedantes y moralistas pequeñoburgueses. Esos criterios no dicen, naturalmente, lo que es permitido y lo que es inadmisible en cada caso dado. Semejantes respuestas automáticas no pueden existir. Los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica revolucionarias. A la luz de la teoría, la respuesta correcta a esos problemas sólo puede encontrarse en la experiencia viva del movimiento.
¿El sistema de rehenes, según usted, es inmoral “en sí”? Muy bien, es lo que queríamos saber. Este sistema, sin embargo, se ha practicado en todas las guerras civiles de la historia antigua y moderna. Es evidente que procede de la naturaleza de la guerra civil. De eso sólo se puede sacar la conclusión de que la naturaleza misma de la guerra civil es inmoral. …. de que aun en caso de derrota, no sólo podrán salvarse, sino que, además, tendrán su bistec asegurado. A su modo, tienen razón.
Los fascistas tomaron rehenes entre los revolucionarios proletarios, y éstos, por su parte, los tomaron entre la burguesía fascista, pues sabían que los amenazaba la derrota, aún parcial y temporal; a ellos y a sus hermanos de clase.
Víctor Serge no es capaz de decirse a sí mismo qué es lo que quiere exactamente: ¿quiere purificar la guerra civil de la práctica de los rehenes o purificar la historia humana de la guerra civil? El moralista pequeñoburgués piensa de manera episódica, fragmentaria, a pequeños trozos, incapaz como es de captar los fenómenos en su relación interna. Artificialmente aislada, la cuestión de los rehenes es para él un problema moral particular, independiente de las condiciones generales que engendran conflictos armados entre las clases. La guerra civil es la expresión suprema de la lucha de clases. Tratar de subordinarla a “normas” abstractas significa, de hecho, desarmar a los obreros frente a un enemigo armado hasta los dientes. El moralista pequeñoburgués es hermano menor del pacifista burgués que quiere “humanizar” la guerra, prohibiendo el empleo de gases, el bombardeo de ciudades abiertas, etc. Políticamente, tales programas sólo sirven para que el pensamiento popular se desvíe de la revolución y de considerarla como el único medio de acabar con la guerra. El moralista tratará probablemente de repetir que la lucha “declarada” y “consciente” es una cosa, mientras que apoderarse de personas que no participan en ella, es otra. Este argumento no es, sin embargo, más que una lamentable y estúpida escapatoria. Combatieron en el campo de Franco decenas de millares de hombres engañados y alistados por la fuerza. Las tropas republicanas mataron a estos desdichados prisioneros del general reaccionario. ¿Era esto moral o inmoral? Además, la guerra actual, con la artillería de largo alcance, la aviación, los gases, en fin, con su cortejo de devastaciones, de hambres, de incendios, de epidemias, entraña, inevitablemente, la pérdida de centenas de millares y de millones de seres que no participan directamente en la lucha, entre los cuales se cuentan ancianos y niños. Como rehenes, se toman, por lo menos, personas ligadas por una solidaridad de clase o de familia a un campo determinado o a los jefes de éste. Al tomar rehenes e posible hacer conscientemente una elección. El proyectil lanzado por el cañón o arrojado desde el avión va al azar y puede exterminar, no sólo enemigos, sino también amigos, o padres o hijos de ellos. Entonces, ¿por qué nuestros moralistas aíslan, pues, la cuestión de los rehenes y cierran los ojos ante todo el contenido de la guerra civil? Porque no es valor lo que les sobra. Siendo de “izquierda”, temen romper con la revolución; siendo pequeñoburgueses, temen cortar los puentes con la opinión pública oficial.
Gracias a la condenación del sistema de rehenes, se sienten en buena sociedad, contra los bolcheviques. Respecto a España, cobardemente callan. Contra el hecho de que los obreros españoles, anarquistas o poumistas, hayan capturado rehenes, Víctor Serge protestará... dentro de veinte años.
Las clases beligerantes se esforzarán por alcanzar la victoria por todos los medios, y los moralistas pequeñoburgueses no harán más que nadar en la confusión entre ambos campos. Subjetivamente, simpatizan con los oprimidos, nadie lo duda. Objetivamente, siguen siendo prisioneros de la moral de la clase dominante, y tratan de imponerla a los oprimidos, en lugar de ayudarlos a elaborar la moral de la insurrección. Comprender claramente las relaciones recíprocas entre las dos clases fundamentales, burguesía y proletariado, en la época de su lucha a muerte, nos revela el sentido objetivo del papel de los moralistas pequeñoburgueses. Su principal rasgo es su impotencia: impotencia social, dada la degradación económica de la pequeña burguesía; impotencia ideológica, dado el terror del pequeñoburgués ante el monstruoso desencadenamiento de la lucha de clases. De ahí la aspiración del pequeñoburgués, tanto culto como ignorante, de domar la lucha de clases. Si no lo consigue con ayuda de la moral eterna —y no puede lograrlo— la pequeña burguesía se echa en brazos del fascismo, que doma la lucha de clases gracias al mito y al hacha.